
Antonio Peñalver acompañaba al policía García Rabadán cuando explosionó un coche-bomba en Murcia "No creo que vayan a parar, porque siempre hacen lo mismo y luego vuelven a actuar", afirma con escepticismo
María Noguera, viuda de Ginés Pujante, y Dolores Cánovas, viuda de Miguel Orenes. Águeda Pérez
R. B. R. «Hablo en nombre de ETA. Escuche con atención. Hemos estacionado un coche-bomba en la calle Diego Rodríguez de Almela, en las proximidades del cuartel de la Guardia Civil. Se trata de un Seat Ibiza de color negro con matrícula A-6183-BP. ¿Me ha comprendido? No nos hacemos responsables de lo que pueda ocurrir». Así anunció ETA el 10 de febrero de 1992 el único atentado en la Región de Murcia que ha provocado la muerte de una persona. La víctima fue Ángel García Rabadán, de 47 años, nacido en la pedanía de Rincón de Beniscornia, casado y con tres hijos. Cuando el policía nacional se acercó a inspeccionar el vehículo, un etarra accionó el artefacto y acabó con su vida.
Mucha suerte
Ese fatídico día, otro agente lo acompañaba en la misma misión. Sin embargo y por fortuna, no corrió la misma suerte. Su nombre es Antonio Peñalver Pérez, tiene 61 años y hoy puede contar que ETA intentó matarlo, pero no lo consiguió. «Nunca se me olvidará ese día. Los dos teníamos que inspeccionar un vehículo tras un aviso de bomba. Cuando estábamos haciendo nuestro trabajo, explosionó. Ángel murió, pero yo me salvé. A mí la onda expansiva me lanzó por los aires y me tiró al suelo», recuerda. «A raíz del atentado me jubilaron», dice. Ante el anuncio de alto el fuego de ETA, Peñalver es contundente. «No me creo que vayan a parar. Siempre hacen lo mismo. Ahora dicen que hay tregua para que los dejen tranquilos y cuando menos nos lo esperemos, volverán a actuar», sentencia.
Jerónimo López es otro murciano que sufrió en sus propias carnes la violencia de la banda terrorista. Fue en la localidad de Hernani, en Guipúzcoa, en el año 1984. Este ex guardia civil estaba de servicio junto con otras cuatro personas cuando un miembro de ETA lanzó dos granadas hacia el vehículo en el que se encontraban. Ninguno de ellos murió, pero las secuelas que le han quedado a Jerónimo no son pocas. «Tras el atentado perdí audición y todavía tengo metralla en el cerebro. Además, tengo parálisis en varias partes del cuerpo y una minusvalía declarada del 80%». Jerónimo López estuvo destinado en el País Vasco más de 20 años y, aparte de vivir este atentado, ha sufrido amenazas durante toda su estancia en Guipúzcoa. «He visto carteles con mi cara en los que ponía que había que ir a por mí». Conoce muy bien a la banda y, por ello, afirma con rotundidad que esto no ha acabado. «La tregua beneficia a ETA para que algunos partidos políticos que los apoyan se puedan presentar a las elecciones. Esto ya se venía venir, por lo que no me sorprende. No hay que dejar que se salgan con la suya. Es por oportunismo. Sólo hay que negociar cuando reconozcan que se han equivocado y entreguen las armas. Entonces la justicia puede ser benévola.Deben anunciar su disolución. La tregua es sólo una pausa, no el fin de la actividad criminal», dice.
Tres viudas de víctimas de ETA también cuentan su opinión. Josefina Jiménez, cuyo marido, el policía nacional Ramón Martínez, falleció en 1983 en Guipúzcoa, afirma que no se fía de nada. «Esto es una chorrada. Lo han hecho otras veces. Tienen que abandonar las armas», sentencia. Dolores Cánovas perdió a su esposo Miguel Orenes en 1979, también en el País Vasco. «Yo no sé si esto es el fin. Son muchos años soportando esto y una ya se cansa», dice. María Noguera, viuda de Ginés Pujante, que murió en el mismo atentado que Orenes, afirma que «los terroristas son unos cobardes y volverán a atentar cuando menos nos lo esperemos».
No hay comentarios:
Publicar un comentario