Esta Ley Electoral, este paripé y besa manos que se ha tenido con los terroristas y su entorno, han propiciado que los asesinos de ETA, sean la quinta fuerza política en España.
lunes, 21 de noviembre de 2011
HAY COSAS QUE NO ENTIENDO
Esta Ley Electoral, este paripé y besa manos que se ha tenido con los terroristas y su entorno, han propiciado que los asesinos de ETA, sean la quinta fuerza política en España.
lunes, 7 de noviembre de 2011
La mochila de Vallecas
No exagero si digo que uno de los fenómenos más asombrosos e irritantes de cualquier sociedad que se precie, es esa capacidad inherente para escurrir el bulto, como dirían los castizos, absorberlo todo y practicar un silencio informativo con objeto de soslayar que el pueblo caiga en la tentación de ese carísimo vicio de conocer la verdad, máxime en costes morales e intelectuales. Pero en este país, además, resulta de vital importancia matar al mensajero. O séase, callar a aquellos que tengan la osadía de pensar que todo aquello que nos han contado sobre los atentados del 11-M no encaja por ningún lado.
Poco le importa al establishment político y mediático los múltiples enigmas que subyacen con la furgoneta Kangoo o el piso de Leganés. O las falacias de cierto grupo mediático sobre los terroristas suicidas con cinco capas de calzoncillos. O que se eliminasen las pruebas del delito-dícese los trenes- antes de investigarlas. Hay que claudicar ante la versión oficial y si uno levanta la voz arderá en la hoguera de la inquisición de esa izquierda que no quiere investigar y de esa derecha que acepta de buen grado las tesis vertidas. No en vano, ya sabemos de la obsesión patológica que ha tenido este Partido Popular en averiguar lo ocurrido en aquella mañana de los últimos coletazos del invierno en Madrid, sobre todo del titánico interés de ciertos alcaldes en conocer la verdad e interponer demandas a periodistas independientes. Y servidor tiene sus dudas de que lo quiera hacer cuando gobierne. Aunque sea por el mero hecho de que ha olvidado durante el Vía crucis de la oposición de cumplir con su obligación moral de saber qué pasó realmente en el mayor atentado de la historia de España, vaya a ser que perturbara la paz (y la fiesta) de la progresía.
Ahora, pese a un nuevo silencio mediático, la versión oficial se tambalea nuevamente. La declaración de la forense Carmen Baladía, que dirigió las autopsias de las víctimas del 11-M, ante la juez Coro Cillán - que no deja de ser un caso raro en una justicia que produce arcadas - de que en ninguno de los cadáveres se hallaron restos de metralla revela con más fuerza que se crearon pruebas falsas para incriminar a los acusados y esconder a los verdaderos responsables. ¿Y qué mayor prueba falsa que la famosa mochila declarada misteriosamente en Vallecas que contenía 10 kilos de Goma 2 Eco, medio kilo de clavos y tornillos usados como metralla, un detonador y un teléfono móvil. ¿Alguien nos puede explicar por qué la Justicia la aceptó como prueba? ¿Alguien nos puede explicar por qué la directora forense no fue preguntada durante el juicio por la metralla en los cadáveres? Y este asunto no es baladí. No en vano, este liviano detalle podría haber sido clave para reabrir el sumario. Aunque, esto no interesaba, era demasiado evidente.
Por tanto, mucho me temo que ahora cuando el fango amenaza con volverse demasiado visible -y ya sabemos de la obsesión de ciertos magistrados de no mancharse las togas con el polvo del camino- se va a volver a sacar la gamuza y se va a refregar la superficie de la evidencia, limpiando con pulcritud y sin hacer ruido aquello que enturbia el alegre colorido de una sociedad aborregada y que habla de la verdadera suciedad, la que se esconde entre las grietas de esta mentira con la que han intentado que comulguemos con ruedas de molino. Se limpiará la superficie y después bastará con exprimir la gamuza, expulsando como agua sucia al cubo del ostracismo a aquellos que alcen la voz para qué se sepa la verdad. Tal vez por eso algunos nos negamos a aceptar aquello que decía el escritor William Somerset Maugham de que hay misterios que comparten con el Universo el mérito de no tener respuesta. Aunque sólo sea por hacer justicia a todas sus víctimas amén de a todos los periodistas independientes y libres que se están dejando la piel en el camino para que un día se sepa la verdadera dimensión de un atentado terrorista que cambió ad aeternum la historia reciente de este país.
Javier Montilla
@montillavjavier
La sonrisa del demonio
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Eran las diez menos diez de la mañana de un fatídico día de verano de 2001 en Leiza, un pequeño pueblo navarro donde la mafia terrorista, la de escaño y la de pistola, había gobernado a base de aterrorizar con el chantaje y la muerte. No era otro día más. Ese día era diferente. El día que marcaría la vida de Adoración Zubeldia para siempre, el umbral de noches y sueños que vagarían eternos por el nudo del dolor, la angustia y la agonía. Ese día, enmarcado como tantos otros con cifras fuliginosas para el recuerdo, los asesinos de ETA acabaron con la vida de su marido, el fotógrafo y concejal de Unión del Pueblo Navarro, José Javier Múgica Astibia.
Aquel día, los terroristas le pusieron una potente carga de dinamita en los bajos de su furgoneta para que hiciese explosión cuando José Javier la pusiese en marcha. Ya había sufrido un rosario de amenazas antes del atentado, pintadas con dianas, robos en su negocio, una furgoneta quemada. En las anteriores ocasiones tuvo más suerte que aquella funesta mañana cual drama lorquiano. Y así fue. La bomba explotó y segó la vida de un nuevo concejal, cuyo único pecado fue no aceptar en sus propias carnes el espanto del totalitarismo etarra. Zubeldia y sus hijos, cuando oyeron la explosión, inmediatamente sospecharon lo que había ocurrido. Ellos sabían perfectamente que Múgica era odiado por muchos vecinos de Leiza por el simple hecho de pensar de un modo diferente y también sabían que cualquier día podría ocurrir lo que por desgracia ocurrió. Su mujer salió al balcón y vio su cuerpo en una esquina. La explosión le había tirado a un arbusto. Su marido se estaba quemando a la vez que la furgoneta.
Como no pensar que esos bípedos malditos de Leiza, villanos disfrazados de gudaris, que disfrutaban con los asesinatos de ETA, no sentirían alguna especie de enfermizo regocijo cuando oyeron la explosión. El mismo regodeo que han sentido estos días sus asesinos durante el juicio. Txapote y Andoni Otegi, Óscar Celarain y Juan Carlos Besance. Cuatro miserables con el rostro impertérrito, como si el relato no fuera con ellos, como si Txapote no hubiera ordenado asesinar al edil navarro. Como si Otegi no hubiese puesto la bomba y los otros dos no le hubiesen cubierto. Unos criminales que en medio de la algarabía colectiva por el enésimo videozapping de la ETA, niega la legalidad del tribunal que los juzga ora con declaraciones de cierre de la Audiencia Nacional ora con constantes chulerías. Y en el otro lado de la sala la viuda, narrando con la voz quebrantada su periplo emocional, viendo como los verdugos de su marido andan mofándose de sus lágrimas y su dolor. Una viuda que relata entre sollozos su dolor congénito y aún así, entre sonrisas y cuchicheos de los asesinos de su marido, es capaz de armarse de valor y de vestirse emocionalmente de dignidad para sostenerle la mirada a uno de los criminales más sangrientos del terrorismo etarra, el ínclito Txapote. Una viuda que no pide venganza, sino justicia.
Es el mismo dolor y la misma ansia de justicia lo que hace que muchas víctimas se nieguen a convivir con las sabandijas que asesinaron a tantos inocentes. Esas sabandijas que obligaron a exiliarse a tantas personas, hastiadas de tanto dolor y asco. Esas sabandijas cuya impunidad se huele cada vez más cercana. Razón más que suficiente para no hacernos callar. Y no nos van a callar porque muchos nos negamos a considerar un triunfo del Estado de derecho el que hayan decidido dejar de alimentar sus ansias insaciables de sangre derramada so pena de lograr las locuras patrióticas de un país que jamás ha existido. Y todo ello con el beneplácito de un gobierno que no sólo ha permitido que los testaferros de ETA gobiernen las instituciones democráticas sino que además ha otorgado premios literarios a un terrorista fugado de la cárcel. Que a los cómplices de estos asesinos se les haya tratado como hombres de paz es simplemente para vomitar. Máxime porque esa sonrisa del demonio, como la de Txapote, es una muestra inequívoca de que a ETA no se le ha derrotado, como tratan de que comulguemos. Por suerte, siempre hay personas como Adoración Zubeldia que en medio del sufrimiento y de la angustia es capaz de desafiar al terror con una simple mirada. Una mirada cuyo simbolismo es más axiomático y sincero que esas lágrimas de atril mitinero. Aunque no llenen las portadas de muchos diarios independientes de la mañana.